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De "Patagonia Vieja" de Andreas Madsen, F65,119-124
La captura de Ascencio Brunel según relato de Long Jack (Jack van den Hayden o, Juan Venria)

Andreas Madsen
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"Habiendo vendido mi rancho y el derecho al campo que ocupaba en Cerro Cazador (Long Jack era cazador, y de ahí el nombre del Cerro), me encontraba pasando el invierno en la comisaría de Tres Pasos (cerca de Última Esperanza), a la espera de juntarme con alguien que tuviera por rumbo la región de los lagos. Cualquiera de éstos, Argentino, Viedma o San Martín, era para mí como tierra prometida. "Cierta madrugada vimos llegar una cabalgata de cinco jinetes, quienes traían un herido, que a primera vista parecía cadáver. Se trataba de un hombre semidesnudo, semiescarchado, en estado preagónico, sin señas de vida. "El comisario, furioso por el trabajo en perspectiva, los recibió en forma destemplada, pero luego tuvo que admitir como verídicas sus declaraciones, pues todos eran personas de responsabilidad, estancieros o vecinos conocidos, (entre ellos Max Huppratt, a quien conocí años después y quien me confirmó la veracidad del relato de Long Jack) "Un peón, al recorrer uno de los campos de la estancia (cuyo nombre no recuerdo), había encontrado los restos de una vaquillona recién carneada y se apresuró a dar cuenta en la estancia. Como en esos días hubieran menudeado los delitos de abigeato y robo de hacienda, que todos cargaban a la cuenta de un matrero chileno de la zona, de nombre Montenegro, el dueño de la estancia envió a toda prisa a buscar algunos vecinos para perseguir a los cuatreros antes que la nevazón borrara sus rastros, dirigidos hacia la cordillera. Iniciaron la marcha al entrar la noche, y después de varias horas divisaron un fogón bien escondido en un barranco. A prudente distancia dejaron atados los caballos, y tratando de evitar todo ruido se acercaron cautelosamente al campamento. "Cerca ya, aunque sin distinguir la gente del fogón, oyeron con asombro las notas de una canción patriótica inglesa. Al grito de alto y orden de entrega que dió la partida, una voz contestó; "No tiren"; pero en el mismo instante sonó un tiro, que afortunadamente no dió en blanco alguno; Ascencio —pues era él— declaró luego que no había tenido intención de tirar y que el disparo se le había escapado. Pero la contestación consistió en cinco tiros simultáneos hacia el sitio de donde había partido la voz... "Todo quedó en silencio, pues ninguno de los cinco se animó a averiguar en seguida el resultado de la descarga. A la luz de la madrugada siguiente, cuál no sería su asombro al no encontrar ser viviente alguno, y sí tan sólo rastros de un hombre que se arrastraba por la nieve desangrándose. Siguiendo los rastros dieron en la orilla de un río con el cuerpo de un desconocido, escarchado, rígido, que no era Montenegro como todos creían. De todos modos quedaba capturado el cuatrero, y lo cargaron sobre un caballo para llevarlo a la comisaría. "Más de uno preguntará por qué los estancieros no avisaron antes a la policía y emprendieron la caza sin autorización. La razón está en que la policía de entonces, mal organizada, pocose cuidaba de las quejas de los estancieros, y éstos se veían obligados a hacerse justicia por propia mano. ¡Cuánto cambio desde entónces! "Cuando bajaron el bulto, que ellos creían cadáver, uno dijo: "Es extraño, pero me parece que vive todavía". Lo llevaron a la cuadra y lo revisaron. Tenía cinco balazos en el cuerpo, pero no estaba muerto. El frío y la congelación le habían salvado la vida al impedirle que se desangrara. Se le hizouna cura precaria y el bribón, fuerte a pesar de todo, la soportó sin chillar y en pocos días mejoró." La leyenda de Brunel "El asombro fue general cuando las indagaciones probaron que el individuo era Ascencio Brunel, el legendario bandolero temido desde el río Negro hasta Punta Arenas. Cuando llegó a la comisaría estaba casi desnudo, con unos trapos atados con hilos y tientos de lonja por única vestimenta, sin más cobija que una manta utilizada como montura. Durante su convalecencia no quiso comer más que carne y medio cruda." (Este relato, como se ve, coincide bastante con el de Holdich, sacado de otra fuente, con la principal diferencia de realizarse la captura en el corazón del invierno y no entre las "nieves de Navidad" como erróneamente lo refiere el inglés.) "La leyenda sobre su vida afirma que sólo comía la lengua de los animales yeguarizos que mataba, y que con este único fin robaba los animales. Lo cierto es que nunca se pudo comprobar que vendiera un solo caballo robado. En poco tiempo recobró la salud, y de la pelea sólo le quedó una renguera por haberle entrado una bala en el cuerpo por la cadera, saliéndole cerca de la rodilla, y como yo lo cuidaba con esmero trabamos amistad. Era una persona de bastante instrucción, y no me mezquinó el relato de sus hazañas de bandido."Fueron las policías chilena y argentina –afirmaba– quienes me encauzaron en esa vida; yo era un mozo joven, atrevido y capaz, y carbineros y comisarios me mandaban alternadamente a uno y otro lado de la frontera para robar caballos por su cuenta, ya que siempre carecían de los necesarios para sus recorridas. La policía argentina me mandaba a territorio chileno y la chilena al argentino. Ambas corrían parejas principalmente en cuanto a recompensas que prometían: regalos cuando les traía lo que codiciaban, palos y azotes cuando no. "Una vez completamente restablecido, recobró la libartad con fianza de su hermano, que tenía estancia en las cercanías, pero en vez de agradecer a éste, aprovechó su paso junto a él para robarle hasta el lazo. Desapareció de Última Esperanza, y por un tiempo no se oyó hablar más de Brunel." Tal es el relato fiel de lo que me contó Jack en 1903, un año antes del crimen de la Vega del Finado (mayo de 1904)
Cartografía a mano alzada, de Andreas Madsen También Fred Otten afirmaba haber conocido a Brunel en los tiempos de su mocedad, y contaba que a él le había robado cierta vez una manada entera. Después de campearla muchos días la encontró bien rodeada en el lago San Martín, precisamente donde hoy está la estancia Elena, de los hermanos Lively. No faltaba un solo animal, y según pobladores que habían hablado con el cuatrero, éste había manifestado haberlo hecho en broma, "para darle un trabajito a su amigo el gringo, pues nunca había hecho daño a un gaucho nómade como él." Son muchos los cuentos que se urdieron sobre la vida de Brunely casi todos están de acuerdo en afirmar que nunca fué un asesino; no tenía alma ni cinismo para el crimen. Según alguna declaración, parecería que quien disparó sobre Volmer fué un chileno Sepúlveda, limitándose Brunel a despenarlo con una puñalada. Una de sus hazañas habría tenido por escenario a Trelew. Lo habían detenido y se encontraba encerrado con esposas en un cuarto del segundo piso del cuartel, cuando llegó de afuera el comandante y dejó el caballo –como solía hecerlo– con las riendas sobre la montura cerca de una ventana. Quiso la casualidad que esta ventana estuviera precisamente debajo del cuarto de él, y éste aprovechó sin vacilar la oportunidad para saltar sobre el lomo del animal y alejarse a toda carrera. Las esposas se habrían encontrado más tarde en un lugar cerca del río. En las tolderías del indio Kankel sorprendió cierta vez a algunas chinitas que andaban buscando leña, y pasando a todo galope alzó a una de ellas, que le gustaba, sin que los indios que lo persiguieron lograran darle alcance. Volvió la china a los pocos días, pero sea por miedo, o acaso por simpatía, nunca declaró a donde la había llevado. En otra ocasión robó a los pobladores del río Chico toda la caballada y fué a refugiarse con ella en su guarida al otro lado del río Leona, donde no habiendo entonces ni balsa ni población podía vivir tranquilo dejando pastar sus animales en los campos vírgenes de ese rincón. Causó general extrañeza el que Ascencio se hubiera juntado con otros tres participantes en el crimen de la Vega del Finado, pues era característica su afición a actuar independientemente, como "lobo solitario". Sus únicos compañeros eran los caballos, perfectamente adiestrados, y se dice que había enseñado a dos de ellos a galopar siempre a la par, de manera que si uno se le cansaba en la fuga prolongada, saltaba sin detenerse sobre el lomo del otro, siempre en pelo, pues no usaba montura. Durante su larga permanencia en la Comisaría afirmó a Long Jack que no lo hubieran detenido en aquella ocasión si hubiera hecho caso al presentimiento de sus caballos, que fueron a buscarlo varias veces como para que huyera. Estaba seguro de que la policía no se molestaría, y nunca creyó que los estancieros salieran a perseguirlo con la noche perra que hacía. La última vez que oí hablar de este romántico outlaw, por fuente fidedigna se afirmaba que tras de algunos años de cárcel de Palermo recobró la libertad y se marchó al Chaco, donde compró una estancia. Durante su cautiverio recibía visitas de muchos admiradores y admiradoras, quienes le regalaban dinero para que se estableciera honradamente. firma de A.Madsen, escanear |