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Relato de
Ricardo E. Drault
"El Viaje" - 7ma.
Parte
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Diamantes y Pingüinos
Tenía la mayor parte del día para vagabundear; ellos, los chicos de Caleta también, estaban de vacaciones escolares. El gran lugar era la pequeña playa que quedaba en la pleamar. Los amigos me hablaron de unas misteriosas rocas llenas de diamantes que no eran fáciles de encontrar. De color ocre, feo, como el de la tierra de la costa, de unos veinte centímetros de diámetro, de una forma semiesférica, irregular. Después de una recorrida, apareció una. La levanté, era liviana para ser una roca. Me dijeron que había que partirla, un golpe y ocurrió. Las paredes internas revestidas de diamantes encandilaron reflejando el sol. Lamentablemente el tesoro duraría poco, eran cristales de sal de mar. Sigo desconociendo cómo se formaron, prefiero pensar que era un tesoro reservado sólo a nosotros.
* A esa misma playa, de vez en cuando, salían pingüinos enfermos, según los amigos a morir, afectados por el petroleo que los cubría. Ese día había varios. No escapaban cuando nos acercamos. Mis conocimientos sobre estos animalitos era muy limitado y aunque estaban al alcance de la mano me advirtieron que daban buenos picotazos. Según ellos había que sacrificarlos para que no sufrieran más. Me plegué a la tarea, aunque con mucha aprensión, y los despenamos a palazos. Muchos años después, encontré uno en esas condiciones en una playa de Mar del Plata, lo estaban molestando un grupo de chicos. Les dije que era mío, que volvería a buscarlo para curarlo. Así lo hice, y previo picotazo con corte en un dedo logré meterlo en una bolsa de red y llevármelo a casa. El tratamiento fue con agua bien jabonosa y frotarlo con un cepillo de mango (ya es común limpiarlos así) alejando mis manos de ese filoso pico. Mejoró en pocos días y comenzó a comer las sardinas frescas que conseguía en el puerto. Ya no estaba tan agresivo y podía darle de comer sin peligro al picotazo. Aceptaba los pescados hasta que la cola del último sobresalía del pico. Ya era tiempo de devolverlo al mar. Un domingo salió caminando a mi lado, con ese gracioso andar bamboleante. Todo anduvo bien hasta que percibió, porque no lo podía ver, el mar. Aceleró el paso, y cuando llegamos al parque desde donde sí se podía verlo, ya fue carrera enloquecida entre los canteros de flores. La pendiente y su desesperación lo hacían caer continuamente. Antes de llegar al mar, debía cruzar la avenida costanera, con mucho tránsito a esa hora. Me obligó a ir más rápido que él, pero como no lo podría agarrar, sólo se me ocurrió detener el tránsito. Lo logré y pasó velozmente. Me imagino el espectáculo gracioso para los automovilistas. Todavía quedaban otros obstáculos… La gran altura de las piedras de la costa, una cubierta de plantas de la llamada “uña de gato” le sirvió para descolgarse utilizando pico y patas, bajó unos cinco metros de esa forma hasta un camino peatonal. El oleaje entraba entre las piedras, otros cuatro o cinco metros debajo, eligió el momento y saltó. Reapareció y luego de una mirada de despedida (así creí verla) se internó en el mar. Las partidas en el mar siempre me parecieron tristes, menos esta. Lo extrañé a la hora de sentarme a comer, que era cuando con sus graznidos me avisaba que también tenía hambre.
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